Si alguien quisiera escribir una serie de televisión pensada para enganchar a los estadounidenses al ‘fútbol’, difícilmente encontraría una trama muy distinta a la del Wrexham.
Un club olvidado en los márgenes del mapa, el modesto que intenta plantar cara a los grandes; su copropietario Rob McElhenney, nacido en Filadelfia, llegó a comparar esta historia con la del hijo más célebre de la ciudad, Rocky.
El club venció a Apolo Creed en forma de ascenso desde la National League. Clubber Lang quedó atrás en la League Two y el ascenso desde la League One fue su Iván Drago.
Pero, del mismo modo que la quinta entrega de Rocky fue ampliamente criticada por, entre otras cosas, no tener realmente una trama sólida, el propio Wrexham parece haber llegado a una fase de su historia en la que falta un desenlace convincente.
La versión de cuento de hadas del club galés dice que encadenó tres ascensos consecutivos, convirtiéndose en el primer club en lograrlo en la historia de las ligas inglesas. Una lectura más cínica, o más realista, es que el presupuesto del Wrexham superaba con claridad al de la mayoría de sus rivales.
El escenario soñado era superar el último obstáculo y alcanzar la Premier League, la única competición que la mayoría de los estadounidenses siquiera conocían. Pero al fútbol le importa poco cómo desearías que terminara tu cuento.
La Championship siempre iba a ser la auténtica prueba del Wrexham. Si McElhenney y Ryan Reynolds pudieron abrirse camino hacia el éxito a base de inversión en las divisiones inferiores, aquí se encontraban frente a clubes con recursos mucho mayores, con mucho más pedigrí en la categoría y con bastante más experiencia en la tarea de conseguir ascensos. Diez propietarios de clubes de la Championship tienen una fortuna estimada superior a los 1.000 millones de dólares; la de McElhenney y Reynolds ronda los 500 millones.
Aun así, aunque no llegó un cuarto ascenso seguido, su primera temporada de regreso a la segunda división fue un éxito inesperado. Terminaron séptimos, una posición que habría bastado para disputar el play-off con el nuevo formato. Además, acabaron por delante del otro ascendido, el Birmingham, al que se daba mucha más opción antes del inicio del curso.
Pero ya ha llegado la difícil segunda temporada. El viernes por la noche, la ausencia de fútbol de la Premier League permitió que una gran audiencia presenciara la demolición por 6-0 sufrida por el Wrexham ante el West Ham, un partido que funcionó como recordatorio de realidad sobre el lugar que ocupa el club en la jerarquía.
Ante la que, según se informó, fue la mayor multitud frente a la que jamás había jugado el Wrexham, el West Ham fue desmontando pieza por pieza a un equipo desorganizado y claramente superado por el nivel del encuentro.
Si Jarrod Bowen, un futbolista que evidentemente merece estar en la Premier League, hubiera marcado tres de esos goles, quizá podría explicarse como una sucesión de destellos individuales de un jugador superior, pero los seis tantos del West Ham llevaron la firma de seis jugadores distintos.
El Wrexham encajó a balón parado, encajó en centros laterales, encajó tras combinaciones rápidas dentro del área, encajó al contragolpe y encajó con un balón largo a la espalda.
Muchos equipos perderán contra el West Ham esta temporada, pero la forma de esta derrota sugiere que el Southampton, próximo rival del Wrexham, puede encontrar facilidades similares. También el Middlesbrough.
Hasta ahora, el Wrexham solo ha logrado una victoria en siete partidos y ocupa la 19ª posición de la tabla. Si el objetivo es llegar a la Premier League, resulta difícil sostener —a la vista de todas las pruebas disponibles— que el Wrexham esté entre los ocho mejores equipos de la categoría.
La revisión interna ya ha comenzado y las miradas señalan al entrenador. Durante el impresionante ascenso del Wrexham, ha habido un hombre al mando: Phil Parkinson. Es el cuarto entrenador en activo con más tiempo en el cargo en el fútbol de liga inglés, después de más de cinco años en el club. Su trabajo ha sido, sin duda, un éxito, pero ¿ha alcanzado ahora el límite de su capacidad? Si estuviera libre, ¿algún club de la mitad alta de la Championship pensaría en contratarlo?
A Parkinson se le puede criticar con razón por no haber reaccionado en la visita al London Stadium. Planteó un 5-4-1 con la esperanza de hacer daño al West Ham al contragolpe, pero el West Ham tuvo calidad suficiente para superar ese plan a base de pases. Introdujo cuatro cambios en el minuto 67, aunque para entonces el partido ya estaba perdido.
El Wrexham se encuentra así en la situación de tener a un entrenador que representa el heroísmo de su pasado, pero que quizá no encaja en lo que necesita para el futuro.
Muchos otros propietarios han sido implacables con sus entrenadores, pero llámese lealtad, compromiso o romanticismo mal enfocado, la directiva del Wrexham parece decidida a que Parkinson continúe.
El técnico tampoco se ha visto ayudado por una política de fichajes decepcionante en las últimas ventanas de transferencias. Su mayor desembolso este verano fue el guardameta del Sunderland Antony Patterson. En el partido del viernes por la noche realizó solo tres paradas y detiene menos del 60% de los disparos que recibe.
En términos generales, hay muy pocos jugadores de verdadera calidad en una plantilla que presenta la media de edad más alta de la liga. Ningún futbolista suma más de dos participaciones de gol después de siete jornadas. El Wrexham no cuenta con Max Cleworth ni Ben Sheaf por lesión, pero aun así la caída de nivel no debería ser tan pronunciada.
Entonces, ¿qué viene ahora? ¿Destituir al entrenador? ¿Aceptar que el ascenso no parece probable, al menos esta temporada? ¿Esperar hasta enero y volver a gastar a lo grande?
No hay una respuesta evidente, pero cada vez parece más claro que la historia hollywoodense del Wrexham se ha topado con el techo de cristal de la realidad.
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